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Desesperadamente autobiográfica, pero incapaz de admitir sus propios problemas. Enamorada de la música, pero sin ganas de querer presentarse más de una vez al mes. Con ganas de que todos la oigan, pero llegando tarde a las reuniones que impulsarían más su carrera.
¿Qué vida no es una suma de contradicciones?
Lo que sucedió con Amy Winehouse fue que las contravías en su propia vida fueron muchas, demasiadas. Acaso víctima de su propio éxito, una variable más de una fórmula antigua: talento excepcional mezclado con una suerte de desequilibrio mental, no locura, tan sólo una ruptura interna que siempre la llevó a caminar por el borde del abismo; entrar a una cristalería con un tanque de guerra.
Sus primeras canciones comenzaron a llegar a los 10 años, apenas letras desperdigadas en un cuaderno. Una niña cantante; ella y 30 millones más en todo el mundo. En el formulario de inscripción a una academia de teatro escribió: “Quisiera que todo el mundo olvidara sus problemas por cinco minutos cuando oyeran mi voz”. Eso fue a los 12 años.
El cuaderno de nuevo y una vez más. Letras y dibujos, tachones, manchas y de ahí un disco, ‘Frank’. Tenía 20 años.
Su padre se dio cuenta de que había criado una estrella, una cantante de talla mayor que le enrostraba su propia infidelidad en su ópera prima: “Entienda que alguna vez fue un hombre de familia…¿Qué le pasa a los hombres?
Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y este sólo tiene por finalidad la autoflagelación”. Truman Capote habla del 1%, las excepciones de un mundo en el que, como canta otra canción, “la insensibilidad es el estándar”.
La cantante martirizada, la artista inmolada en el fuego de su propio éxito, la superestrella de la prensa amarillista. La música introspectiva, la voz milagrosa que cantó la desesperación y los detalles de una vida cualquiera, una existencia problemática cargada de pasión y sufrimiento. Apenas dos discos y poco menos de 30 años para soportar la eternidad.