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La de Mi semana con Marilyn es su historia. Una película basada en el libro escrito por el propio Clark sobre los entresijos de la aventura británica de la ambición rubia en la que Michelle Williams encarna a Monroe como nadie antes lo había logrado.
La de Montana logra atrapar parte de la compleja simplicidad de la que fue una niña grande atrapada siempre en el centro del foco y que se atiborraba de pastillas y alcohol para huir de su jaula de oro.
Y es que la Marilyn de Williams se nos dibuja como una mujer caprichosa y voluble pero también insegura y pusilánime. Un ser frágil incapaz de establecer relaciones que no estuvieran viciadas por el ansia de seducción, por la constante adulación o por una combinación de ambas.
Las dosis imprescindibles de sensualidad tampoco le faltan a Williams para salir victoriosa de un envite que no está al alcance de cualquier actriz.
Al mismo nivel está el trabajo de Kenneth Branagh, que encarna de forma magistral a Sir Laurence Olivier, otro icono del séptimo arte dibujado aquí con trazos firmes y definidos. El tercer elemento es el joven Eddie Redmayne, que da vida a Colin Clark sin desentonar clamorosamente, pero evidenciando que es de largo el eslabón más débil de la cadena principal.
Más con consistente es la labor de Julia Ormond, que encarna a Vivien Leigh, la esposa de Olivier, Dominic Cooper, que da vida al escritor y segundo esposo de Marilyn, Arthur Miller; y sobre todo de Judi Dench -servidor se pone en pie cada vez que escribe el nombre de esta gran dama- que imparte una clase magistral de interpretación resucitando a Sybil Thorndike.