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La Ciencia Ficcion es un género que tradicionalmente suele oscilar entre dos extremos que parecen irreconciliables: la aventura, ya sea lúdica (Star Wars) o terrorífica (Alien), y la reflexión filosófica (2001: Una odisea en el espacio). Son raros, y por ello valiosos, los ejemplos que tratan de conjugar ambas pulsiones en un mismo universo. Porque ¿acaso no es posible pasar un buen rato y, a la vez, plantearnos cuestiones interesantes sobre la vida, el destino o la identidad?
El principal mérito de Oblivion es su empeño por demostrar que sí cabe una ciencia-ficción comercial y con sustancia, capaz de atraer al gran público y a los aficionados que demandan una historia con dobleces y más preguntas que respuestas. Es el hilo de Blade Runner, tan difícil de tejer en las manos inapropiadas.
Capaz es, desde luego, Joseph Kosinski (Tron Legacy), autor de un argumento en apariencia convencional -la Tierra ha quedado devastada tras una guerra entre humanos y alienígenas, y hasta ahí podemos leer al que su puesta en imágenes añade a cada paso un enigma, una incertidumbre, un poso con el que no contábamo
Oblivion se bebe y se entiende sin necesidad de sus diálogos, sin duda lo peor del film, gracias a una tan preciosista como elegante puesta en escena que encuentra su mejor aliado en la banda sonora de M83.
En este sentido, la película tiene mucho en común con 2001, que básicamente es un ballet de imágenes y música clásica.
Pero las palabras llegan, de la mano del personaje de Morgan Freeman, y cuando lo hacen es para subrayar lo que ya sabemos o intuimos, distraernos de lo fundamental -esa Tierra que es un recuerdo lejano- y explicarnos y re-explicarnos una trama a la que le sobra el dichoso parecido con Moon